lunes, 11 de enero de 2010

Capítulo cuatro - Primera parte.

Capítulo cuatro.

La acomodé mejor en la cama y le puse la caja cuadrada sobre sus piernas. Lo abrió y a continuación pude ver cómo le daba a un botón que resaltaba sobre los demás. Había un montón de botones y en ellos cosas escritas, la mayoría eran letras y número pero había cosas que en la vida había visto. El aparato hizo un sonido muy gracioso y se encendió.

- No es tan difícil. - me aseguró sonriéndome, le sonreí.
- ¿Para qué sirve este cacharro? - dije tocando un botón. Apareció de pronto un cuadrado en la pantalla y escondí la mano detrás de la espalda, mi tía se rió.
- No pasa nada Laia. - volvió a pulsar el botón y el cuadrado desapareció.
- No quiero romper nada. Bastante he hecho ya a la gente...
- No vas a romper nada, anda siéntate a mi lado.

Obedecí y me hizo un hueco al lado de la cama.

- Con esto, puedes saber cualquier cosa que haya en el mundo entero. - me dijo.
- ¿Enserio? - dije fascinada. - ¿Cómo?
- Hay toda clases de archivos e información sobre cualquier tema, incluso noticias recientes.
- Quiero aprender, quiero dejar de ser un estorbo, adaptarme. - dije segura de mí misma.
- ¡Pues allá vamos! - dijo con alegría.

Estuvimos toda la tarde y parte de la noche hablando, hablando y más hablando. Todavía no comprendía como en la Tierra, que era un mundo más pequeño que el mío, podía haber más cosas. Había toda clase de lugares mágicos, miles de gestos que interpretar... algunos de ellos simplemente se sentían algo que yo no podría hacer y me costaría trabajo adivinar.

- ¿Conducir? - vi en el aparato, que ahora sabía que se llamaba ordenador, un elegante coche gris. Un audi4 o algo así.
- Seguro que lo harás fenomenal.
- Vamos, me voy adaptando poco a poco de este mundo ¿y me quieres poner a conducir? - no daba crédito a mis oídos.
- Te apunto a una auto-escuela. No es tan difícil. - dijo poco convencida, estaba aprendiendo a leer los gestos. - La verdad para ser sincera en mi vida he cogido un coche, mi marido era el que me llevaba a todos lados. - una triste sonrisa apareció de repente.
- Lo intentaré. - resoplé y me abrazó. - Pero no te prometo nada ¿eh? - dije abrazándola aún más fuerte.

Esa noche fui yo la que preparé la cena con la ayuda de un viejo libro de recetas. Sihne me insistió varias veces en que podía hacerla ella, pero veía su pierna con tan mal aspecto que preferí hacerlo yo. Mentía diciéndole que quería saber más costumbres humanas y pude convencerla. Me tiré un buen rato hasta que conseguí ablandar la pasta. Apagué la olla y saqué de la nevera un bote de nata. Al menos olía bien cuando eché un poco en dos platos.

- Espero que te guste. - supliqué llevando los platos a la mesa.
- Tiene una pinta genial. - me felicitó.

Cuando probó el primer bocado crucé los dedos, hizo un gesto con la mano señalando el pulgar hacia arriba y yo sonreí.

- ¿Ves? voy aprendiendo, más lenta que un caracol, pero aprendo. - se rio ante el comentario del caracol, según sihne era una cosa bastante asquerosa.

Se hizo tarde y nos acostamos las dos, al día siguiente tenía un examen de historia y lo llevaba bien preparado. No sé cómo se podía aprender una todos los siglos, con sus revoluciones y sus reyes y reinas. Pero gracias a Sihne entendí todo perfectamente.

Por primera vez en dos semanas podría dormir tranquila, sin que las pesadillas volvieran a mí, como si las atrajera un imán.

Fui una de las primeras en llegar al instituto, llevaba los apuntes en mano y un bolígrafo colgaba del bolsillo de mi pantalón. Sihne me había prometido darme dinero para ropa más usual aquí en la Tierra, pero con su pierna ahora peor, no había podido acompañarme.
Me sorprendí cuando me dijo que me dejaba ir sola al centro comercial a gastarme el dinero en cosas personales, se lo agradecí de corazón. O al menos lo intenté.

El timbre hizo que diera un respingo y fuera rápidamente a la clase del examen, ya estaban allí todos los demás compañeros. Me sabía el nombre de cada uno de ellos, pero para ellos no existía. Y no les echaba culpa, yo no quería existir. No quería dar problemas, siempre que recordaba el tema se me aparecía la cara de Megan en la mente y justo después su hermano Kyle. Me despejé todo lo que pude, ahora necesitaba concentrarme en el examen.
Di mi último repaso antes de guardarlo todo en mi bolso y enfrentarme al papel blanco, que había que rellenar.

Dos horas después salí de clase, me había salido mejor de lo que esperaba. Al fin, el peor punto que se me daba en el instituto me estaba dando frutos. Sabía que me iba a adaptar al final...
Quería llamar a Sihne, pero colgué de inmediato cuando me di cuenta que le costaría llegar al teléfono de casa. Miré el reloj de conserjería y vi que era la hora del recreo, fui como todos los días a la cafetería. Pedi para desayunar lo mismo de todos los dias y me senté en la última mesa al fondo, lejos del mundo.


- Hola... ¿está ocupado? - me dijo una voz amable. Levanté la vista de la mesa y pude ver unos ojos azules, como el cielo.
- Eh no... - dije tímidamente. Se supone que no quería estar con nadie.
- Perdón no me he presentado. - me sonrió dejando entre ver una hilera de dientes blancos y perfectos. - Me llamo Matt Masen.
- Yo soy Laia. Un placer. - dije sonriendo falsamente.
- Seguramente ahora te estás preguntando por qué me he sentado en la mesa más autista de
todo el patio. - dijo con una mano en la nuca. Sonrío, me hubiera reido si fuera posible.
- La verdad es que sí.
- ¿Colaría si te digo que no tengo amigos? - me guiñó.
- Me parece que no. - dije siguiéndole el juego. - En mi caso si sirve. - dije incómoda.
- Cierto. Pues... es que llevo semanas observándote. - un tono rojizo apareció de repente en sus mejillas.
- ¿Me has observado? - dije preocupada.
- Bastante. - admitió algo azorado. - Perdón, no soy un loco, o al menos no todavía. - volvió a reir-. Es que eres nueva y veo que no has encajado todavía. - dijo sin entender, leer gestos cada vez se me daba mejor.
- No quiero encajar. - le aseguré.
- ¿Por qué? a todas las alumnas de este centro les encantaría ser amigas tuyas. - dijo serio. Sabía que lo decía de verdad.
- Yo... no quiero ser amiga de nadie. - ¿Cómo diablos se lo iba a explicar?
- Ah, ya veo. eres tímida...
- ¡Sí exacto! - dije mintiéndole. - Me da vergüenza hablar con la gente. - no sabía de ese tema nada al respecto, me prometí en cuanto llegase a casa buscar más información sobre el tema en internet.
- Pues conmigo hablas perfectamente. - levantó una ceja.
- Es que tu eres simpático. - En eso fui realmente honesta.
- ¡Eh, que la gente aquí también es simpática! - dijo dándome un golpe seco en el hombro. Temblé ante su contacto, no era justo, pero me recordaba a Cole.
- Te has puesto blanca. - Contesto rapidamente, se sintio culpable. - Siento si te he asustado, de verdad.
- No pasa nada. Es que no me encuentro muy bien. - admití.
- ¿Te sientes mal? si quieres te acompaño a enfermería. - se ofreció.
- No, no es ese tipo de mal... - dije agachando la cabeza.
- Ya entiendo... - dijo algo incómodo. Hubo un silencio incómodo entre los dos, pero Matt no paraba de sonreírme.
- ¿Pasa algo? - dije curiosa.
- Es que eres muy guapa - dijo después de una sonrisa. - Aunque seguro que no paran de decírtelo todos los días. - fingi una sonrisa. - Perdón, estoy siendo muy pesado. - Comentó sonrojado.
- No sé cuantas veces has dicho lo siento en este cuarto de hora. - Dije mirandole a los ojos.
- Unas tres o cuatro supongo. - dijo rojo. - Al menos te he hecho sonreír.
- Gracias. - le dije, lo que el no sabía es que no podía hacerlo, aunque quisiera.

De repente se me ocurrió una de las ideas más alocadas que podría tener. Si quería parecerme a un humano, tenía que intentar ser como él. Y las personas hacen locuras.

- Oye Matt...
- Dime. - dejó de jugar con el tapón de mi refresco y me miró.
- ¿Te gustaría venir esta tarde de compras? - dije poco convencida.
- ¿Enserio? - se le iluminaron los ojos. - ¡Claro que sí! es decir... me encantaría. - dijo más bajo.
- Quedamos en la puerta del insti. ¿Vale? sobre las 6. - fue lo último que le dije antes de salir escopetada para clase de matemáticas.

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